24.9.16

Sonrío como un pájaro que muere en medio de su canto...


Entonces llegas tú, con ojos, con miradas, contemplándome hasta quemar mi edad y mi historia. Me regresas, me trasladas al tiempo sin números, me zambulles en el mar de sangre y cielo. Yo duermo y oficio de contemplada. Mis ojos arrojan fuego verde por los párpados cerrados. Sonrío como un pájaro que muere en medio de su canto. Me deshago en tu mirada: en tus ojos hay la seguridad y el orden, hay la creación, hay la poesía seria como una invocación a la lluvia. Habito tus ojos para guarecerme del frío y del peligro conocido. En tus ojos hay las aventuras que siempre finalizan con manos entrelazadas. Llega a mí.



***
Textos: Fragmento de la entrada del 11 de septiembre de 1959 (Diarios, Lumen, 2013).
Imagen: "El sueño de la muchacha" (1969), Duane Michals.

20.9.16

El rostro de Van Gogh...


Junio [de 1955]

El rostro de Van Gogh. Humano demasiado humano. Su cabeza rapada para desafiar a los pájaros. Su mentón encerrado en la atmósfera de los amarillos. Y la nariz recaudando borrascas. Y los labios absorbiendo pinceladas. Y la frente mirando el haz que camina tentador luminoso. Y los ojos. ¡Los ojos! Como las negras piedras que se arroja contra los solitarios. Con la más insignificante reducción de Lo Terrible. Dramaticidad insoluble. Vértigos zambullidos. Alambres traspasados por las pupilas de las piedras. Raíces magnéticas que jamás se desarrollan… ¡Humano! ¡Demasiado humano!



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Texto: Diarios, Cuaderno de junio y julio de 1955 (Lumen, 2013).
Imagen: "Autorretrato como artista" (Arles, Francia, 1888), Vincent van Gogh.

7.9.16

Cuando se mira largamente una cara que está frente a ti...


4 de agosto [de 1962]

Cuando se mira largamente una cara que está frente a ti, mirándola para que no se aleje mientras está frente a ti, mirándola para que no haya mirar sin ver, bruma en tu mirada que atraviesa caras como si fueran cristales, mirándola, digo, con pasión y necesidad, sucede, sin que lo sepas sino mucho después, que no la has mirado contrariamente a lo que creíste. Cómo se produce este olvido: he aquí lo que quisieras averiguar. Tú miras, has mirado, no perdiste un solo gesto, ninguna sonrisa: registraste y asimilaste. Bebiste de ese rostro como sólo puede hacerlo una sedienta legendaria como tú. Pero sales con la garganta seca, los ojos dolidos, buscando en tu ausencia la imagen que contemplaste sin fin. Vas por las calles, increída y flotante, y te preguntas si no fue verdad que estuviste sentada frente a ese rostro. Tu combate con la desaparición es arduo: te enciendes, te enloqueces, por recordar. Buscas, buscas en ti entre tus escombros, entre tus fragmentos inutilizables. Porque si no lo recuerdas instantes después de haberlo visto ello será la señal precursora de una búsqueda que durará días, hasta que te veas de nuevo frente a frente, consumida por las noches de odio y de amor de tu frenética memoria y con una decisión que siempre te resulta nueva, te sentarás y mirarás esa cara hasta que tu mirada se pulverice. Sabes que si logras retenerla en ti el deseo morirá. Sabes que si esa cara llega a pasar una temporada en tu memoria —esa cara tal como es en sí misma — tú serás salvada (por la exactitud y la fidelidad, ángeles que apenas conozco y que admiro con delirio).

Pero no es así. No la recuerdas. Ahora que han pasado tantas horas te preguntas por infinitésima vez cómo era. La tienes dentro de ti, la sientes resbalar por tus nervios, la sabes flotando dulcemente dentro de tus ojos. No sabes qué hacer con esa cara que no recuerdas: ¿amarla?, ¿odiarla? Si la amas te delirarás en un llamado mental: pronunciar su nombre y desear que venga ya, ahora mismo, o saldrás a su encuentro imposible, por las calles que te ordena atravesar tu locura. Si la odias, tienes deseos de matarte para matarla, pues esté donde esté sólo está en ti y si tú mueres morirá ella. La probabilidad de odiar un rostro que naufraga en tu inolvido te aterroriza: quisieras pedir auxilio como si hubieras tragado ratas. La de amar te es menos cruel: te [tiras] acuestas en el suelo y con los ojos muy cerrados recitas poemas de todos los siglos y en varios idiomas. Pues siempre hubo gemidos semejantes al tuyo y es suave como una mano de terciopelo musitar sílabas que se unen para decir hermosamente la imposibilidad de un amor que no muere.

A veces, el resentimiento por el abandono y la soledad se hace tan fustigante que odias a diestra y siniestra, odias cualquier emanación viviente —amantes, amigos, perros, pájaros, flores—. Si al menos salieras a la calle con un revólver o si envenenaras anónimamente. Desde tu silencio ruegas por la muerte de todos y de cada uno. Y los odias hasta que oyes gritos y entonces, al fin, sollozas como una maravillosa heroína romántica. Gritos en ti que son los de tus anheladas víctimas. Pero yo me río de mi crueldad de juguete. No por eso sufres menos cuando odias porque bien sabes que no te ha sido dado el odio al género humano sino un odio muy peculiar, que destinas a muy pocos seres y se particulariza en aquellos que por alguna razón quieren ayudarme a salir de mi delirio. Es así como a veces, ahogando en tus ojos el odio, miras a esos seres angélicos que te miran con dulzura y afecto, y de pronto, cierras los ojos muy fuerte, como si quisieras romperlos, porque nada más doloroso que odiar a la única persona que podría salvarte. ¿Pero qué quiero? Me han ayudado varias veces en mi vida, he conocido rostros magnéticos que emanaban una piedad sin límites por mi persona doliente. (Si te suicidas por agua, cómo no odiar al que te obliga a respirar forzando tus miembros hasta arrancarte una aceptación física del mundo.) Nadie te obliga a verte con esos ángeles. Si no me viera con ellos, si alguno de ellos desapareciera, mi dolor sería ilimitado y difuso. ¿Qué quiero entonces? Quisiera rogarles que yo no los odie. Absurdo. Paradoja. La verdad es otra: también tu deseo es ilimitado y difuso y una coleccionista maníaca que yo conozco quisiera tener esos ángeles para ella sola pues ella no soporta que sean ángeles también para otros dolientes y sufridos. Tenerlos aquí, en esta habitación, sobre la chimenea o desparramados por las sillas como antaño las muñecas adoradas.

Mas, como no es así, ella los odia con un terror indecible. Porque ¿quién me escuchará si le digo: "Te odio, te necesito, ven a vivir conmigo, hagamos juntos el odio, el amor, lo que tú quieras pero juntos"? Un castillo rodeado de fosas, una casa sin ventanas ni puertas. Adentro, amor mío, siempre entre muros mudos y sin sonido y sin palabras y sin comunicación alguna con lo que yace o camina bajo el viento asesino de esta noche. Tendremos instrumentos de tortura. Tendremos todos los libros de poesía que existen en el mundo. Toda la música. Todos los alcoholes que arden en los ojos y corroen el odio. Nos embriagaremos hasta oscilar como seres de una materia fosforescente, y diremos tantos poemas que nuestras lenguas se incendiarán como rosas. Sin ventanas, amor mío, sin puertas, sólo una casa, un palacio, una bohardilla lúgubremente sorda y ciega y amparadora. Y si viene el sol, si descubro huellas de claridad en el suelo, tú me dejarás llorar sobre ti, y me ayudarás con palabras que atraigan al olvido y a la noche desesperada de siempre. En verdad no te odio, te amo y te llamo. Te llamo y no vienes. Ahora te odio. Y tendremos lejos los relojes y no nombraremos al tiempo. Y haré poemas que iluminarán todos los silencios. De esta manera no habrá muerte ni soles sino sangre, alcohol, palabras extrañas y nuestros sexos unidos. Pero tú no vienes, no vendrás, y yo sé que no vendrás. Si supieras que no puedes no venir. Aunque no estás aquí, la orgía se inicia, comienzo a beber, a aullar los poemas más bellos, a reír y a llorar en la noche de tu ausencia, hasta que me arrojo sobre tu pobre representación y lloro hasta que nadie me consuela. "Aún no es así", dices. Sientes tus huesos, tu mala respiración. La habitación llena de humo, de mal. Pestilencia de lo que se desea en vano. En vano escribes porque vano es el lenguaje para quien aspira a una alta tensión del silencio. Mi miseria, mi mirada. Milagro de la que aún vive y sobrevive. Todo cadáver hacinado en la memoria. Tu lápida será una sílaba: NO.

Inquieta buscar en el mismo sitio de siempre. Lo que no se encuentra termina por ser presencia. Y yo sé lo que digo, lo sé tanto que no debiera decírmelo de nuevo. Pero mi lengua procaz no se deshabitúa de rumiar siempre lo de siempre. Y además, qué puro gozo en la noche martirizarme con invocaciones y llamados. Yo me asusto. Yo me pongo una sábana negra y me acerco al espejo con un cirio y me hago señales de adiós.

No te decides a entrar en una laboriosidad forzada, a cumplir con un decálogo de horas y minutos que te haría transitar con menos pena por este sitio desolado. No, más vale la soledad entre cuatro paredes sucias, la soledad violentada, en pugna con los relojes, los deseos, la tensión de la nostalgia. Más vale el mundo de cenizas que me ciñe. Más vale esta pornografía, esta desesperación, este escándalo, este gritar así nomás porque sí nomás, este escamotearse al aire puro, al aire.

Cada vez que digo amor mi furia no tiene límite. Cada vez que digo odio mi miedo no tiene límite. Si alguien intercediera por mí. ¿Ante quién? ¿Para decir qué cosa? Que digan, aunque sea, que la noche pasa, y el alba está cercana y mañana también será un día y que todo esto es espantoso.




***
Texto: Cuaderno de mayo a agosto de 1962, Diarios (Lumen, 2013).
Imagen:  escenas del film La Maman et la Putain (1973), Jean Eustache.

30.8.16

Despierto cansada y llorosa...


5 de agosto [de 1955] 

Despierto cansada y llorosa. Los interrogantes entran por la ventana como el viento, como el sol; pero mi alma no se pregunta nada. Sólo mira y reprueba los torneos mundanos que realiza mi cuerpo. Ella sólo desea paz, y como no se la doy, se limita a callar y esperar. La tristeza llena mi cuerpo. Me siento cansada de tanta melancolía. Mi estado de ánimo trueca los resplandores luminosos de cada objeto en simples entes desteñidos. Nada me señala alegría. Nada estira mis labios en verdadera sonrisa. Mi pelo oculta la frente, grávida de horrendas imágenes. Tristeza que entra por un ojo floreciendo en el otro ojo. Podría decir que no puedo más, que me iré, que acabaré con mi vida. Pero sigo y sigo portando esta angustia exacerbante, repetida y renovada. Mis manos se abren desesperadas. Estoy encerrada en la más funesta congoja. Estoy atormentada por el pesar más negro. Mi sufrimiento surge a cada instante, para mayor verosimilitud.

           Del Diario de Katherine Mansfield:
           "La vida no parece más que arena y serrín".

Sólo disfruto de veras en mi propia compañía. Cuando estoy sola, el detalle de la vida, la vida de la vida, es algo realmente maravilloso.

¡Oh, quién fuera un escritor verdadero, consagrado a su vocación y sólo a su vocación!

Hay momentos en los que Dickens se siente dominado por una fuerza que le impulsa a escribir y está como transportado. Ésta es la dicha perfecta. Ciertamente, los escritores de hoy no la poseen. ¡Oh, vida, acéptame! ¡Haz que sea digna de ti! ¡Enséñame!

Al escribir esto, levanto los ojos. En el jardín, las hojas mueren. El cielo es pálido. Me doy cuenta de que estoy llorando. Es difícil, es difícil morir bien.

Mostré algunos poemas a dos compañeros. Los elogiaron extensamente. Me alegré infinitamente y más aún porque esos muchachos no son intelectuales ni mucho menos. Son verdaderos «porteños» devotos de Arlt y Discépolo. ¡¡Cómo me gustó emocionarlos!!

Conté a R. mi separación de L. El relato fue una bella historia de dos seres obligados a separarse en "una época brutal en que no hay lugar para el amor". Creo que al final, no entendió la razón de la separación. ¡Mejor!¡Llegó!

Llegó el miedo. ¡Tengo miedo de existir, de estar sentada en la silla, de pensar en ÉL, de haber hablado de mis poemas, de mi mente, de mi cuerpo, de la poesía, del calor de la estufa! ¿Comprendes, Alejandra?

Sí. Pienso en mí y me asusto. ¡Estoy tan enferma! Pero no es ninguna enfermedad agradable, de ésas en que una está segura en cama y recibe flores y amigos y sonrisas protectoras. Mi enfermedad es, inversamente, de ésas que le dan a una aspecto sano, apto para recibir golpes. Y caen uno más uno, a veces en orden y otras no, ¡pero no importa! La llegada es fiel. Me duele estar enferma. Me angustia
curarme (desfallecer de amor por ÉL). Jamás estaré bien. Jamás mis momentos felices sobrepasarán los momentos dramáticos.

Creo que ya no hay nada que defender. Aun con mi ínfima capacidad reflexiva, puedo deducir mi vida. Ha de ser una vida corta en la que no me casaré ni tendré hijos (hasta diría que no tendré relaciones sexuales). Moriré acá en este cuarto, de alguna cosa aparentemente violenta como es algún choque automovilístico o un cáncer de pulmón.

Hablé de mis tentativas literarias. Siempre las haré, pero nunca llegarán al acto. No escribiré nunca nada bueno, pues no soy genial. No quiero ser talentosa, ni inteligente ni estudiosa. ¡Quiero ser un genio! ¡Pero no lo soy! Entonces ¿qué? Nada. Alejandra, ¡nada! Sigue juiciosa y reprimida como hasta ahora. Sigue diciendo que tu vida no vale nada y temiendo fumar en la calle. Sigue berreando contra la humanidad mientras te asusta esta pobre silla. Sigue entreteniendo una calavera negra cuando tu rostro enfrenta al espejo mientras el corazón late pensando en el dibujo correcto de tus labios. ¡Sigamos caminando, Alejandra, sigamos caminando! Caminaremos hasta la odiada y temida Muerte en la que cesará la odiada y temida Vida. Gime por tus lágrimas mientras te sientes culpable de tu risa. Enciérrate en tu cuarto a escribir sandeces suspirando por los ovarios de D. Sonríe a D. angustiada por el tiempo que corre y la necesidad de estudiar Pascal. ¿Comprendes, Alejandra? Estamos perdidas, lo que se dice ¡completamente perdidas!

Mis lágrimas tienen sabor mundano. Mi pluma destila rostros conocidos y elige: éste, sí; éste, no. Mi cerebro festeja una kermesse facial. Lluvia de rostros: A. B. C. D. ¡ÉL! Finalmente, aparece Picasso llevando a Guernica. Lloro más fuerte. Picasso me obliga a aferrarme a la Vida. ¡Y es mucho más cómodo rechazarla! No puedo decir que el hombre es nada cuando sé que allí está Picasso. Estrujo mi frente. Pienso en ÉL y le envío un mensaje que me cure, que me quite esta sensación de fracaso literario que no soporto.

                    Hay mujeres locas y mujeres de talento, pero ninguna tiene esa locura del
                    talento que se llama genio.
                    SIMONE DE BEAUVOIR

Lo que ocurre es que yo quiero saber el porqué de todo esto. Quiero saber por qué me atrae D. Quiero saber por qué nací. Quiero saber por qué es de noche ahora, por qué la vid se hace vino, por qué esta silla (¿quién la inventó?), por qué existe el lenguaje, por qué sufro tanto, por qué existe el olvido, por qué existe el mundo. Por qué existe la existencia, por qué existo, por qué siento, por qué hay flores (¿quién inventó el color? Por qué se llama color).

Me siento delirar. Me duele mi existencia sin objeto. Yo misma soy un objeto. ¡Qué mundo enfrentar si sola nada soy! ¡Qué mundo explicar si sola nada sé!

Siento el ronco sonido de mi respiración.

Es muy tarde. Estoy cansada. Sólo me veo a mí. De vez en cuando pienso en ÉL. O en mis libros. O en la soledad anhelada. O en aprender seriamente. Pienso en el genio. Es muy difícil que se manifieste desnudo de aprendizajes. ¡Y al final no me importa! Lo dije ya y lo repito pero no llego a convencerme a mí misma.

Es muy tarde y mis párpados se inquietan. Me siento muy sensible y siento que todo vive. Cada cosa grita su ser. Me haré balance. La individualidad exalta mi pluma. Yo. Yo. Yo. Yo. Soy la mujer más egoísta del mundo. No sólo vivo por y para mí, sino que exijo de los demás que den elementos que en mí no hallo, elementos que se refieren a mí, siempre a mí. Sí. Es tarde pero temo separarme del cuadernillo. Temo acostarme, temo llorar. Estoy por llorar. Me siento horriblemente desdichada y
culpable. Mi [palabra ilegible] frívola y cariñosa. [Palabra ilegible] angustia la publicación de mi libro. En el fondo no lo quiero. ¡No! En el fondo quiero estudiar. Quiero escribir lentamente. Quiero esculpir al fuego de la gloire (Pope).

Alejandra seguía rumiando las desconectadas frases. Suspiraba violenta apretando dura su cuadernillo marrón. Sus ojos sin fondo clamaban a Algo. Se [palabra ilegible] esa rareza de la desasimilación. (Pensé que le haría falta un buen tratamiento psíquico.) Me acerqué hacia ella tratando que no me viera. ¡Así fue! Seguía suspirando y escribiendo marcando en su rostro gestos de desesperanza. Sentí pena, a pesar de que su rostro no la inspiraba. Frunció las cejas tan fuerte que yo temí ver su rostro roto de continuar con esas flexiones faciales. Pesaban los minutos. Su cuerpo seguía inerte y desilusionado. Los suspiros fueron reemplazados por un silencio trágico. La miré profundamente. Contuve mis deseos de llorar. ¡Cuánto dolor había en ese cuerpo abandonado! ¡Cuánta angustia en esas manos aferradas al papel! ¡Qué trágico destino el de esta muchacha sentada que escribe y escribe!

¡No pude soportar más y me fui! En la calle, el sol doraba las sombras esfumadas. Aspiré esforzándome por no pensar en Alejandra.

Al pasar por una plaza, una paloma se posó en mi hombro. La acaricié agradecida. Ella levantó sobresaltado vuelo, pero me dejó una bella plumita. Miré el cielo. Presente y compacto de azul definido. Ya me sentía mejor. La figura de Alejandra sólo era una imagen borrosa.



***
Texto: "Cuaderno de agosto de 1955", Diarios (Lumen, 2013).
Imagen: fotografía de Alejandra Pizarnik.

24.7.16

¿Qué se hace en este mundo civilizado cuando se ama así?



Sábado, 7

Ayer visité a M. He perdido. No sólo estoy más enamorada sino que es imposible que me ame. Me odio por amarla. Me odio y la amo sin esperanza.

Su temor de anoche cuando la quise llevar a mi cuarto. Me hacía sentir tan miserable. Y yo sólo quería verla en el sitio en que tanto la soñé: soñada y sonriéndome. He perdido.

Todo lo que le decía ella lo arrojaba como inservible. Mi amor en harapos volaba como un paquete absurdo y nauseabundo.

¿De qué vale anotar esto? Si al menos mi caída perdurara, si mi esperanza se mantuviera, si mi estado de golpeada (como si me hubieran dado anestesia) no cambiara esta noche o mañana.

Mi boca se cierra furiosamente, como si hubiera jurado no sonreír ya nunca más. Sospecho que ayer no hice sino cobrar mi cuota periódica de golpes y humillaciones. Pero creo que se me fue la mano.


Domingo, 8

No hice más que llorar y pensar en M. Anoche tomé diez pastillas para el insomnio. Pero no eran pastillas contra M. Nada puede sacarla de mí, como si yo fuese su prisión a pesar mío. Quién me eligió para llevarla dentro, por qué culpa lo merezco. Pienso en ella y lloro. Es la primera vez que
lloro después de tantos años. La última vez fue, creo, cuando mi amor por Ostrov, hace dos o tres años.

Tratar de ser simple y objetiva.

Este diario no expresa la verdad. Debo decirla. Ser exacta y lúcida y no temer la verdad porque ya no tengo nada que perder.

¿La amo o la odio?
¿La amo porque la odio?
¿La amo porque me odia?
¿La amo porque le soy indiferente?
Repetición de mis juegos antiguos: ir a donde me rechazan. Abstenerme de ir a donde me aceptan.
¿Por qué elegí a M. y no a otra?

En la rue Gay-Lussac un coche viejo lleno de cajones o de cajas de cartón. Me pareció ver adentro sentado a un anciano de abrigo y sombrero negro, pelo blanco, rostro hermoso y tristísimo. Me impresionó su soledad y me dije que nadie en el mundo sabe que este anciano está solo y triste en un auto muy viejo en una calle desierta. Pero de pronto me dije: ¿y si no fuera un anciano? Me acerqué y en efecto no había nadie.

En el cine me senté junto a una muchacha que me rozaba las piernas con gestos furtivos. Me emocioné y lloré en silencio. Después vino otra, su amiga, a buscarla y se fueron. Lloré hasta el final de la película.

En verdad, desde el viernes no hago más que llorar.

Me estoy consumiendo. Siento que me muero como El niño que enloqueció de amor.

¿Y si M. me envidiara mi amor por ella?

Creo que bebí tanto para no verla tal como es. Para ser libre con ella tal como yo la he creado.


Lunes, 9, 8 h

Noche de insomnio a pesar de que tomé diez pastillas. Lloré. Me odio más que nunca y odio mi cara y mi cuerpo pues los miro a través de sus ojos. Odio mi cara que no supo fascinarla.

Amo y no sé qué hacer. ¿Qué se hace en este mundo civilizado cuando se ama así?



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Texto: Diario, enero de 1961 (Lumen, nueva edición 2013).
Imagen: escena de La vida de Adèle (2013),

22.7.16

Como me iba diciendo: ayer me emborraché...



31 de enero de 1963

Como me iba diciendo: ayer me emborraché.

Me molestó, por primera vez, las frases de desdicha de procedencia alcohólica. Un pintor italiano, ebrio como yo, me sollozaba que la vraie vie est absente. Un pintor español, entre abrazos y proposiciones obscenas, me comunicaba sus fracasos más lejanos. Una muchacha belga me decía "rien ne m’intéress" y después lloró sobre mi hombro. Antes de irme, el italiano me dijo con voz de dictar su testamento: "Si nunca volvemos a vernos quiero que sepas que nunca he sentido a otra persona como a vos esta noche. Pero quiero que recuerdes esto, que lo recuerdes siempre: 'Les sens n’ont rien à avoir avec la nature'". Me reí y le dije: T’en as de la chance! Decís sens y decís nature como si creyeras que existen. Se angustió y yo supe que le había hecho daño.

En cuanto al plan: no. Nunca. Jamás.



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Texto: Diarios. Alejandra Pizarnik (Lumen, nueva edición 2013).
Foto: Ed van der Elsken.

27.6.16

Todo sustituible. Todo reemplazable. Todo puede morir y desaparecer...




Sábado, 24 de noviembre [sic]


Todo sustituible. Todo reemplazable. Todo puede morir y desaparecer: detrás están los sustitutos, como en los parques de diversiones esos muñecos que caen a cada tiro de escopeta y son súbitamente sustituidos por otros y otros. Es decir, que no hay nada que obligue a vivir, ni nada que desobligue.

Todo o casi todo es mentira porque cae o puede caer. Lo único que es fiel es esta sed de algo por lo que vivir. Pero tampoco lo es absolutamente puesto que está entre otras sedes y hambres y se alterna con ellas, y puede desaparecer por varios años y reaparecer. No creo en nada de lo que me enseñaron. No me importa nada. Sobre todo no me importan los convencionalismos y el demonio sabe hasta dónde y hasta qué extremo infecto somos convencionales.

Convencionalismos poéticos y literarios.

Hasta el ser joven en un convencionalismo. Y la rebelión y la anarquía pueriles. Y el mito del poeta. El mito de la cultura. Hasta el comunismo y el socialismo de mis amigos es un nauseabundo convencionalismo. Como si se pudieran cambiar las cosas hablando y negando. Yo estoy en contra. Ni religión ni política ni orden ni anarquía. Estoy contra lo que niega la verdadera vida. Y todo la niega. Por eso quiero llorar y no me avergüenzo o sí me avergüenzo y quiero esconderme y hasta tengo vergüenza de suicidarme.

Las luchas o contiendas poéticas de B[ueno]s A[ire]s me hacen reír, ahora que estoy lejos. Arte de vanguardia, sonetos dominicales. Todo esto es tan imbécil. Minúsculas, puntuación y rima. Como si alguno se hubiera despertado, una mañana, con ganas de bañarse en alcohol y prenderse fuego porque las palabras no dicen, y el lenguaje está podrido, está impotente y seco. Mis jóvenes amigos vanguardistas son tan convencionales como los profesores de literatura. Y si aman a Rimbaud no es por lo que aulló Rimbaud: es por el deslumbramiento que les producen algunas palabras que jamás podrán comprender. Además, las contiendas literarias sólo las hacen los que están contentos y bien instalados en este mundo. Es una actividad suplementaria, un hobby nocturno, mientras se está en la cama reposando, tomando café o whisky.

Todo esto es tan idiota. Y yo, yo también hablé. Yo también abrí la boca y la llené de miasmas. Pero ahora sé. Ahora sé que no me importa nada. Ahora sé que todo me importa y quiero reventar y quemarme y estallar. Porque esto no es la vida. Y esto no es la poesía. Y quiero cantar y no hay qué cantar, a quién cantar. Sólo hay mierda y a la mierda se la insulta. Pero yo quisiera cantar.

Ampararme en la imagen de mí disparada por mis ojos mudos.

La pieza se cerró y la luz se amaba en la soledad. Todas las cosas estaban de parte mía. Tensión insoportable de los colores y las formas.

La luz se abrió como una herida. El cuerpo sin cabeza entró apartando con un gesto brusco la cortina inexistente. Me hundí en la cama y el cuerpo me siguió. Las cosas hicieron un seco ruido como un músculo al distenderse. Me metí en lo oscuro del abrazo y no vi más que sus labios.


***
Texto: Diarios: Cuaderno de octubre de 1960 a 1961.
Imagen: autorretrato de Francesca Woodman.